miércoles, 22 de diciembre de 2010

Nueva vida

El día rozaba la oscuridad del invierno finlandés. Eric estaba sentado fumando un cigarro en un cuarto que hacía de espejo al día, parecía una película de esas en blanco y negro en las que el tiempo gotea lentamente sin llegar a agonizar y en las que el humo del tabaco es otra cortina más de la casa. Eric fumaba sin prisa con los ojos clavados en la diana de la mirilla mientras un iceberg se hundía en un whiskey que rozaba la soledad. Esperaba una carta, o quizá algo más, pero su fachada no revelaba ninguna pista acerca de lo que podría o no ser. Perfecto jugador de poker de no ser porque estaba en la quiebra. Una casa en alquiler de 40 metros cuadrados a las afueras de Londres no era precisamente la respuesta que él esperaba de la vida. Fred, su casero, miraba al sucio techo del pasillo y espiraba lenta y concienzudamente antes de llamar a su puerta cada fin de mes. Últimamente se volvía con excusas que reproducía a su mujer encorvado y con las palmas hacia arriba como pidiendo el dinero que no le daba su inquilino.
Llamaron a la puerta.
-¿Es ud el señor Banungham?
-Sí.
-Aquí tiene. ¿Me haría el favor de firmar aquí?
-Por supuesto.
Firmó sin apenas mirar dónde y elegantemente abofeteó la cara del cartero con la brisa de la puerta. Con paso firme se dirigió a la mesa sembrada de colillas y apartó un vaso amarillo ahogado. Con brío abrió la carta y leyó con ojos de aguja.
El seguro de vida de su mujer le daba 200 mil libras esterlinas.
Realmente fue un trágico accidente. Ella apenas sabía nadar y él necesitaba el dinero.
Rápidamente llenó un vaso de whiskey y encendió otro cigarrillo.

1 comentario:

Entre azules y verdes dijo...

Aquí mi mentira: no me ha impactado.
Tiempos de crisis, ¿no?. Bueno.