domingo, 6 de agosto de 2017

Cocaína negra

Huele a café. 
La cama se empapa del grano bullendo y la pituitaria se ensancha de gusto colombiano. Alguien está cocinando amor caliente a cinco metros. Cocaína negra. 
La luz despierta los sentidos y los pulmones vuelan hacia la ventana. Un cuerpo que sujeta unas bragas pálidas permanece inválido, de espaldas tobogán donde una lengua áspera jugó a ser crío de nuevo. Su látigo negro adivina los pocos lunares que se atrevieron a posar sobre su superficie extraplanetaria. 
Ella es lunar.

Se folla al café.




Por eso hierve.

Desde aquí

Desde aquí se pueden ver puntos voladores en el cielo. 
Todos habláis de trenes que van y vienen, trenes que se pierden, que se van, trenes que veis pasar.
Yo veo aviones a diario. Pasan cerca de las estrellas de las que tanto escribís, de la lejanía inalcanzable, de lo insuperable.
Decidme si podéis coger esos aviones que yo veo pasar, despegar y aterrizar. Ni siquiera los podéis ver. Los pies sobre la tierra, la cabeza debajo de la tierra. ¿La oís palpitar? 
Aquí no hay pasillo ni puertas de emergencia. Tampoco cinturones. 
Desde aquí pilotamos el cohete hacia la luna con un golpe fuerte y seco de nariz. Desde aquí hay un salto seguro a pintar el mejor cuadro borgoñés sobre el áspero asfalto empapado de colillas de Madrid. Acariciad el vagón. La caída no será la misma.
Los trenes se cogen, los aviones se doman.

sábado, 20 de mayo de 2017

Tu yugular

Las maletas a medio hacer, casi crudas, frías. Algunas motas de polvo se han escondido entre esquinas doblegadas de un rincón olvidado. Tengo miedo de mirar atrás y no querer marchar. Pocos son los aviones con falta de sueño. Valiente reto el querer cambiar el espacio-tiempo. Sólo un golpe que abra una grieta en el reloj podría cambiarlo todo. 

Está nerviosa, la he atrapado entre las ventanas correderas sin querer. Golpea hiperactiva los cristales de un prisma que tiñe el cielo de Madrid con puntos suspensivos que hacen que la noche se apresure. Como si quisiera que llegara el momento de la decadencia, de encías rojas apretadas, de sueños despiertos sin bragas a velocidades aceleradas, de baños en hora punta. De risas con prisa. Avisa cuando salgas. Manos ocupadas, dos o tres pulpos en un garaje.

Necesito un paracaídas para una altura de medio metro, se ha hecho el vacío en la calle de San Joaquín y todos están imantados al suelo. Gravedad congelada y ningún amante como en Pompeya. 

Sigo esperando la era del deshielo.

Y la catapulta en el trastero. Y la dinamita aguada. El gatillo oxidado y el arma encasquillada. Arco sin diana, Guillermo sin manzana. Burroughs con mala suerte jugando con la muerte.

sábado, 25 de febrero de 2017

Back to ...

Cada vez me cuesta más recordar el espacio de tus costillas donde solía condensar el aire. El cristal de tu piel, el papel. Mis dedos, la pluma dactilar de los mensajes ciegos en horizontal.

La mejor manera de vernos siempre fue bajar la luz y subir la música.

Y es que no hay nada más longevo que el último momento de la gota antes del suicidio. La forma perfecta antes de la explosión. Luego viene la arena del tiempo. Tu recuerdo en barbecho, la sequía, y la semilla de aquella gota de la que brota el óxido. Fruta podrida que alimenta aquellos huecos intercostales donde las falanges solían rayar mensajes de madrugada, ¿te acuerdas?