miércoles, 12 de junio de 2019

Tiempo y espacio (arena)

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez.
Mis dedos tiemblan al plantar cara a un nuevo estío de celulosa que parecía en barbecho. Mi pecho palpita, cabalga sobre el tambor del llano, caballos fuera de sí pisando sobre sílabas sin saliva, sin salida entre trago amargo ahogado y malogrado.

Ha pasado mucho tiempo y sigo sin verte. 
Da igual amarillo o verde,
lejos o cerca, 
la valla que nos separa nos depara un reloj sin arena.
Lejos y cerca.

No duelen tanto las espinas de la verja.

jueves, 7 de febrero de 2019

Metro

Te bajaste en Ópera.


Y el resto del viaje fue un drama.

En el cielo no hay alcohol (VV)

Buscando tus abrazos en el exilio, ese abrigo que solamente irradia una cuna y el recuerdo de aquella chimenea donde restallaban pupilas al son de madera seca.
Ahora, en mi lecho de muerte en vida por un día, cada día que me atropella el mediodía con su tren de excesos y lagunas de cubos de hielo, quiero volver a tu piel, al silencio del campo de tu epidermis, ahora, cobarde de mí.
Quizá sea porque me estoy haciendo mayor, más débil, más pequeño. Quizá siga sin aprender la lección. Ya no sé hacer ni chuletas.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Friday's special

Suena Soma y la bailarina de vinilo gira y gira sin marearse, todos están presenciando cómo escribo la primera página de mi autodestrucción. Es una página en blanco que nació ya arrugada, un aborto de imaginación desgastada en los baños de lugares a los que nunca volví, o creo recordar no haber vuelto.
Me quedo con el recuerdo de tus medias perfectas y me pierdo en la ingle que da nombre a tu cara desgastada. Me quedé en aquel bar de aquella calle de aquel lugar de aquella ciudad en la que nos cruzamos sin querer saber que nos conocíamos de otro bar de otra calle de otro lugar de la misma ciudad. Me quedé frío y solo, que al fin y al cabo es lo mismo que levantarse un viernes a las 7:10 de la mañana e irse a casa un sábado a las dos de la tarde.

jueves, 29 de noviembre de 2018

No hay amor

Llegó a casa taquicárdico, tiró la colilla de su cigarro al suelo del parqué y se sentó en el sofá como el paciente que espera en urgencias, silenciosa figura de cuatro.
Agarró un mechero bic, grande, azul cielo, ovalado como la mirada cómplice del compañero de mus que tiene tres cerdos y un as.
No tenía gas. Tampoco quería bajar a comprar un nuevo fuego así que, encerrado en su cueva puso a prueba sus huellas digitales, primero la del dedo obeso mórbido de la mano derecha. Su insistencia hizo desaparecer dos números de su dni. Luego pasó a su mano izquierda, dedo progre.
Salía un humo fino que ascendía fatigado escalador con gran pájara.
No había fuego ni blanco y negro en aquella habitación donde el calor del color amarillo se diluía a pocos metros de una sombra encogida ya, sin posibilidad de fotosíntesis para la hoja marchita de la paciencia.

jueves, 13 de septiembre de 2018

De ida y ¿vuelta?

De tanto que me querías,
y mi corazón con estrías,
con las venas* llenas de amor (dar)
y las arterias** vacías. (recibir)


*Las venas llevan sangre de los tejidos al corazón. Sus paredes son más delgadas que las arterias.
**Las arterias llevan sangre del corazón a los tejidos. Sus paredes son gruesas y expandibles.

martes, 17 de julio de 2018

Hace veinte años

Cada vez que vuelvo a mi ciudad suelo pasar por una calle desde la que siempre veo aquella ventana pequeñita, redonda y roja. Siempre la miro porque al verla retrocedo en el tiempo por un instante, sonrío y continúo caminando comprimiendo un pensamiento que parece que no se borra, o no quiere irse.

Fue hace mucho tiempo, la palabra feminismo sonaba a superioridad femenina, había manadas pero no salían en la tele, había violencia hacia la mujer, pero no era violencia, se silenciaba con amenazas, las mujeres, como hoy todavía, cobraban menos que los hombres. 
Esa ventana daba a una habitación abuhardillada donde compartí por primera vez cama con una chica. Todo iba a ir genial.

Nos metimos en la cama, todo estaba yendo genial. Todos mis amigos ya lo habían hecho y yo sentía que esas larvas que arañaban a su paso por mis entresijos saldrían catapultadas por aquella ventana pequeñita, redonda y roja convertidas en mariposas multicolores a la mañana siguiente.

Y entonces ella, como despertando de una pesadilla, abrió sus ojos y volcó en mí un empujón en forma de aire.

¡PARA!

Yo me asusté y paré. Le pregunté si todo iba bien y ella respondió con el mismo imperativo.

Paré y, sin saber qué había hecho mal, en silencio, me aparté. Innato.

Dormimos hasta el día siguiente.