miércoles, 15 de mayo de 2013

Quince de Mayo, la distancia

Él abre los ojos de madrugada, 4:44. 1, 2 segundos después todo vuelve. Como las olas, suaves y fuertes. 
Antes se desvelaba de madrugada en alguna ocasión, miraba el despertador-radio que su padre compró en Canarias cuando había una gran diferencia de precios entre península e islas, cerraba los ojos y los párpados caían por su propio peso, el peso de los sueños. El tiempo que restaba era siempre poco hasta que gritara la alarma como todas las mañanas. Era siempre poco tiempo. Y siempre se levantaba con sueño de piel cosida durante horas.
Desde hace unos días el desvelo no ha cesado, se ha repetido cada noche. Como acostumbra, mira el despertador-radio que se llevó a su apartamento, cierra los ojos y los párpados caen por su propio peso, por el peso del derrumbe. Pero no consigue dormir, y menos soñar. El pecho toca la puerta con nudillos incesantes.
Ahora el tiempo es lento, parece que no avanza, se propulsa, despega y se aleja como la distancia que impide ver, tocar, sentir. Se pierde en la cama. Y cuando consigue evadirse no se da cuenta, no tiene recuerdos del momento de inconsciencia. El único momento del día en el que está en paz. No recuerda la paz, como si viviera en continua guerra consigo mismo. La sangre sigue caliente.
Ahora se levanta con la luz de un día madrugador de un Mayo extraño y gris. No tiene sueño. Ha llovido durante toda la noche, fuera y dentro de la habitación, de la pequeña vivienda. Agarra la cafetera y bebe negro caliente salpicado. Para desayunar tabaco. Intenta comprobar las constantes vitales de la distancia. Inexistentes.
Una manzana lavada y un viejo cuchillo doblado de sierra descansan sobre un plato, del mismo color que una nube cargada, que descansa sobre una mesa negra, como una nube nocturna y enfadada, que descansa sobre un suelo que había sido compartido por un par de pares de pies hace no mucho tiempo. Muerde la manzana, se coloca el estetoscopio y comprueba de nuevo las constantes lo más cerca que puede desde la distancia. De la única manera que puede. Un pequeño latido desvela signos de movimiento allá a lo lejos a las 9:11.
Solo bebe café solo. Fuma y cercena la manzana acorazonada que poco a poco se va oxidando. Suena la alarma. Demasiado tarde amiga, hoy él también te ha ganado el momento de sorpresa.
En el fondo de esa manzana acorazonada sabe que ella está bien, acorazada. Y sonríe, pero su boca no se ve porque la tapa con un sello para España que vuela encerrado a oscuras hasta su buzón. Sabe que el tiempo de una carta es tan solo un kilómetro de separación interpersonal, y que tiene que escribir muchas cartas para llegar allí. Pero también sabe que no las tiene que mandar por ahora, que el tiempo sólo tiene sentido a medida que transcurre, por eso es tiempo, y que ya se verá.
Él sabe que ella está bien, lo sabe. Y sonríe encerrado en cartas que todavía no ha mandado y que quiere guardar hasta que el tiempo le abra su buzón. Esté donde esté. Porque este tipo de cartas nunca se pierden.
Mientras, se levantará antes que el tiempo lo despierte. Escribirá cartas sin dirección y fumará para perderse en la niebla de un microcosmos de ventanas cerradas.
Desea hacerlo porque cree en el tiempo y sabe que, a pesar de que a veces se torna en olvido, si la intención es pura, también puede cambiar a algo mejor de lo que era antes de que llegara el insomnio.

2 comentarios:

vanessaramiro dijo...

"Sabe que el tiempo de una carta es tan solo un kilómetro de separación interpersonal, y que tiene que escribir muchas cartas para llegar allí".

Decía un amigo que nada está lejos si la distancia de separación no es más de un bolígrafo. Quizás haya que hacer los mapas más pequeños...

Parece que mayo se está convirtiendo en el mes de las noches de insomnio. Por aquí Morfeo también anda juguetón...

Mil besos de quince de mayo pasado por agua

conbotasrosasye_yé dijo...

Aqui tambien llueve, hay tormentas y mareas altas. Pero me a_corazo_n, si señor.
Parece que el insomnio no entiende de distancias, será de las pocas cosas.
Una sonrisa en un buzón de correo postal.