domingo, 23 de agosto de 2009

Verano

Llegan las vacaciones, la hipotensión y el sudor cicatrizado en el algodón del colchón. Llega el sentimiento de repugnancia, el parón de toda actividad literaria (si se puede llamar literatura a ésto) y consigo el parón coronario. Todo llega y parece que el final es ese filo al que nos abalanzamos a velocidad de montaña rusa con una sola bala eficaz, el juego fatuo de la ruleta soviética a la que jugamos como necios cuando llega el verano.
Llegan las gotas saladas desde todos los poros salvo dos, más ovalados y cristalinos que las propias gotas cayendo desde el monte Rushmore, túneles que dan al alma y que tanto huelen a gasolina en verano. Ojos que rasgan la poca ropa que se mueve por la calle, ojos que quieren entrar y hacerme sudar de nuevo cuando llega el verano.
Llega la soledad que otorga el dios amarillo y me convierte en un rey sin súbditos a las 3 de la tarde. Quién quiere una pistola sin bala, una jeringuilla sin dosis, un novio tonto, una novia rubia, un tablero sin dado... El verano nos escupe altanero demostrando nuestra (mi) inutilidad. Soy la pila o el mando, pero no ambos.
Soy de las personas que prefieren abrir la boca y confirmar su estupidez que callarse.
Me he engañado tantas veces...

1 comentario:

Anónimo dijo...

disculpa por la intromisión en tu blog
esto que estoy leyendo me parece una maravilla