domingo, 13 de octubre de 2013

Termonuclear

Tus deditos de los pies son gusanitos, se retuercen lentamente mientras me miran tus dactilares, círculo vicioso, vórtice de grilletes en cadena perpetua, me preguntan quién soy, identidad perdida en el tobogán de tu espalda. 
Nunca dejamos de jugar como imberbes, borramos de nuestros deberes el mañana, 
los relojes que despiertan, 
las líneas rectas, 
las 
corr
ectas,
las faltas de ortografía, 
los cepillos de dientes, 
la ropa doblada y
los blindados besos obligados. 
Comenzamos a llorar por heridas sin importancia de patio de recreo y a olvidar la capacidad de sufrir por lo verdaderamente importante. Nos sumergimos lentamente en un útero compartido y nos emborrachamos a base de copas amnióticas. Nos hicimos nucleares y devastamos la cara de la tierra, eliminamos a todo ser viviente, o quizás nos convertimos en seres invisibles al resto, o quizás nos dejaron de ver.

O quizás nunca existimos.

lunes, 7 de octubre de 2013

Sólo pájaros

Hace calor y la gente se refugia en sus hogares. Solamente los cobardes pájaros muestran su curiosidad hiperactiva en este parque cercano al centro de la ciudad.
Un hombre de pelo abierto y camisa canosa combate con su pasividad el afán indomable de los pájaros. Lo acompaña toda su vida encerrada en dos bolsas marrones. Quizá sólo tenga eso. Quizá no necesite más. Coca-cola, i-phone, un coche nuevo, amor de revista y una casa con vistas.
Son los desheredados de nuestra generación del consumo. Los que han tenido la suerte de ser olvidados, de pasar desapercibidos. Los violinistas callejeros, los nómadas, los que no tienen cuentas bancarias y se dedican a contar los pájaros a golpe de calada en los bancos de este complejo residencial de alto standing, apto sólo para los ignorados. Rodeados siempre de pájaros. 
Tan solos.
Algunos se acercan a la gente, hablan con ellos, cualquier temática es buena para colorear una tarde maravillosa, una tarde más. Tabaco, porros, impuestos, se quejan sin malicia entre insultos sucios. Poco los diferencia de los trajes que se ahogan con un nudo windsor allá arriba, entre escaños sordos con un futuro seguro y firme, como el cemento en el que estamos plantados casi todos nosotros.
Sólo quieren hablar, sólo quieren ser escuchados porque un día dejaron de serlo. Por eso algunos se refugian en las venas con tráfico azul y sangre. 
Al final, siempre se quedan sin gasolina.
A Antonio le han regalado un puro seco, le ha hecho mucha ilusión a pesar de estar casi roto. Dice que es "fósil de tabaco" y enseña una sonrisa indolente. Antonio es sinónimo de paz porque no padece. Decidió agarrarse a la vida esnifando pegamento. 
Antonio simplemente está. Que es algo que todos queremos. Continuar.
Después explica el motivo de su hilaridad. Y es que le gusta echar el humo. Yo no lo miro, mi baja y empapada mirada sólo llega a ver cómo las espinillas de Desi, un compañero de Antonio que acaba de llegar, se van muriendo poco a poco entre avispas heroinómanas. Desi sólo escucha, probablemente sus oídos estén taponados por la sal de un océano blanco, en calma.
Es una residencia exclusiva, los cuatro metros que les rodean les pertenecen, vayan donde vayan ese territorio es suyo, como si una fuerza de repulsión invitara al resto de no-desheredados hacia su hogar dulce hogar. 
Como una especie de peste a la que me estoy acostumbrando.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Silencio

Me levanté sobre una cama que no era la mía.
Me desperté a mediodía en un cuarto diferente, extraño.
La ropa disparada. Calcetines perdidos y cordones que apuntaban a la salida.

Shhh...

Mesita de noche con libros que no he leído.
Boca seca, casi sin boca, un punto casi sin palabras que decir, ingrávida.
Me levanté y eché un ojo al espejo.
"¿Y tú? ¿Quién eres?"

viernes, 27 de septiembre de 2013

Every little thing's gotta be just right

El viento en contra nos estiraba la piel a 90 millas en dirección al sol por aquel desierto pajizo. Casi sin tiempo para cruzar miradas sobre el infinito cemento envejecido. Tu largo pelo abanderaba la ilusión por devorar la vida todavía viva, con sangre en los incisivos sabedora de que el pulso algún día acabaría. Pero no ese día. Tu sonrisa de perfil se reía de las veces que la luna salía, chulesca a mostrarse a los humanos, especie a la que optamos dejar de pertenecer la noche que desistió nuestro pulso acelerado antes del primer beso. Vi tu sangre en mi piel y compartimos dos vidas en un circo cíclico. Tus labios nunca estuvieron tan rojos y la noria no dejaba de girar, avanzando hacia el sol. Palomitas y algodón de azúcar manchado de nuestro adn. Mis manos en el volante de tu cintura del asiento trasero en un parking cualquiera de un pueblo cualquiera del Big Sur. Tan largo como tus piernas rocosas donde oleadas de océano se mezclaban con mi saliva. 
Tan tú que dejé de ser yo por momentos hasta que los efectos de la última sacudida empezaron a desaparecer.
Fumamos y bebimos, decidimos cuándo llegaría la mañana tumbados viendo los lunares de la piel del cielo. Te mordí el tuétano. No te quejaste, así que roí tus costillas hasta desnudarte en cualquier servicio de cualquier gasolinera de cualquier pueblo costero de California.
Tenemos que viajar más, dijiste. No sabías que ya viajaba en tu corriente sanguínea, que aquel viaje en coche automático por una línea recta de arena y sal dividida por rayas de farlopa amarilla era la mejor de mis excusas para cavar en una felicidad mutua. 
Yo no contesté. Te besé y casi nos salimos de la estrecha carretera pero nunca me miraste temblorosa, teníamos tanta confianza uno en el otro que jugamos a la ruleta rusa con el revólver que compramos al hippie excombatiente de Vietman que nos quiso vender marihuana violeta. Nunca volverá a ser el mismo. Nunca volveré a ser el mismo, y te lo agradezco. En la salud y en la enfermedad, en la noche ebria y en la mañana de ojeras, cuando más guapa estás. Con tus cicatrices a flor de piel, siempre pero nunca más.
Cualquier motel de cualquier lugar, no existe diferencia en cuanto a sábanas viejas que han recibido esputos de amor y sudor relavadas con suavizante de seven eleven. Neones vestidos de puta europea a la entrada, nadie a la vista. Amor que se disuelve en una jeringuilla de sexo, gota que enraíza en líquido ajeno y se vuelve uno, crece ecuación con resultado de dos, par singular (2=1).
Todavía recuerdo la cuerda de miel rojiza que desplegaba tu labio, dulce mordisco depredador.
Siempre ahora.

martes, 24 de septiembre de 2013

2:15

La razón está ahí, tan cerca que no se puede ver con claridad, tan próxima que nos deja estrábicos, a veces ciegos, emborrona nuestra percepción cuando creemos ver esplendorosas actrices porno donde sólo hay mujeres inyectadas en Botox. Y sin embargo, está ahí. Sigue permanentemente impertérrita a los temblores de tierra que intenté provocar sin querer. 
La realidad es la madre de la ficción, los dioses (y las diosas) han nacido de la mente de un cura, un borracho, un desequilibrado, un artista o un maldito grano de arena que es lo que somos, los ciudadanos de a pie, los mayores visionarios por porcentaje. No existe la realidad en singular. Si la mente dice una cosa y el cardio otra, si una mano te besa en el envés de la tuya y la otra te palpa debajo de la falda curiosa, si un ojo ve cuando el otro te guiña...
Y yo sigo esperando una realidad pareja fuera de mí, ¿mi otra media naranja? ¿mi alma gemela? Las realidades son mucho más complejas que una fruta desnuda que paulatinamente va perdiendo sus cualidades, o que un alma que no se deja radiografiar. Mucho más difíciles que lo que se define como amor o ganas de follar.
La musas están haciendo la calle en la Montera, sus sonrisas a comisión son más sinceras que la de la camarera que te pide la tarjeta de crédito esperando a que le des propina.
Las musas son azules, o verdes, son preciosas y precisas, aseadas y deseadas. Pero no son de este mundo, ni del tuyo ni del mío.
La musa fuiste tú ayer, las realidades son nuestras hoy. Diferentes. Son silenciosas y se cuelan tras la piel de canela, tras los poros que te respiran, detrás de la larga espera que nos convierte en reales por fin, y por tanto imperfectos.
Y volverás si tú quieres, si nos deja la distancia del desconocimiento, si cogemos el mismo vuelo o si nos cruzamos en la misma esquina que hoy frecuentan las mujeres de verdad, las que duermen de día, las heroínas de un amor pasajero.
Hoy nos hemos desnudado, cara a cara, sin apenas descifrar las runas de unas pupilas que tocaban canciones a diferentes revoluciones, tan tranquilas que estrangulaban el tiempo y la distancia entre ambos. Dulce nudo que sabe a primer regalo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Lunares y estrellas exiliadas

La lluvia no se llevaba su recuerdo.
Tampoco la lejía. Ni siquiera el ácido.
Opté entonces por convivir con él, sin saber dónde se encontraba realmente, si en las autopistas neuronales o en la cíclica sangre. Realmente no fue una opción, fue una imposición involuntaria. Un lunar, no la luna, que aparece siempre bajo calendario. Los lunares no se van, se pueden tapar, eliminar con láser, arrancar, pero siempre te van a dejar una señal, una cicatriz. 

Un recuerdo con el que tengo que convivir.