Se podía distinguir la música al respirar, el sentido del olfato diferenciaba a la perfección las notas del aire acondicionado, de las personas y del licor que corría. Era como agua y aceite, como esas lámparas de lava que han engullido planetas y asteroides elásticos de colores. La división en su más pura esencia.
Todos en silencio. Escuchando atentos la lección.
Algunos tarareaban, otros movían sus cabezas. La camarera sonreía, era el polvo perfecto.
Los cuerpos hipnotizados por el cuarteto hipnotizado por sus instrumentos hipnotizaban mis pupilas como un segundero sedado por su madre. Convertidos en cobras hindúes bajo en influjo de la magia de la noche. Spaguetti succionado por una boca traviesa.
No pudimos pedir más.
Siempre se puede pedir más.
Fuimos seis putos granos de arena en una galaxia de la que sólo conocemos un diez por ciento. Fuimos un cerebro hambriento de dopamina, fuegos artificiales reventando el cielo, abrimos brechas grandes como una herida mortal de necesidad. Fuimos la chispa que accionó el resorte de la pistola, el centímetro de tierra que besó la punta de aquella bomba que nos mató a todos.
En In my place haymujeres altas como las nubes, celestiales, preciosas, mujeres que antes eran hombres y mujeres que aún siguen siéndolo. Comparto el mismo aire que pequeños perros que lideran a grandes hombres, hombres fornidos, rapados, calvos, tatuados, hombres con el gusto sexual de mujeres. Todos personas que pintan de arcoiris un barrio diferente.
En In my place hay una escuela de danza que levita en suspensión armoniosa sobre una calle mugrienta gracias a la caricia de unos dedos de marfil blanquinegros.
Clínicas dentales cerradas, donde la única sonrisa es un anuncio olvidado y polvoriento que nos recuerda que la mejor de ellas es la imperfección.
Y en medio de toda esta vorágine cosmopolita, el recién llegado. El perro al que los demás perros olisquean curiosos su trasero.
Me dieron la mejor bienvenida sin apenas intentarlo. Siendo ellos mismos.